Paso la tarde escuchando el Concerto Grosso en Sol menor de Vivaldi, mientras observo por la ventana la llovizna caer lenta y acompasadamente. Parece que coincidiera el tempo de la música con el ritmo de su caída. Un día gris, con aspecto de traer nieve. Son esos días en que la gente parece tener más frío que nunca, escondidos en sus camperas, descubriendo su piel lo menos posible al viento. Narices rojas, pasos rápidos. Afuera llueve, y en su insesante melodía disfruto de este melancólico momento de armonía. Lluvia y música. Qué mejor combinación para disfrutar de este invierno. Me doy cuenta que estoy aprendiendo, quizás algo tarde debo confesar, a disfrutar con más intensidad los momentos que en otras épocas me resultaban espantosamente aburridos. Será que en mi loca imaginación puedo observar las gotas de la lluvia caer en cámara lenta, en detalle, golpeando los charcos y formando hermosas coronas de agua en su repiqueteo. Millones de bellísimas formas se forma y extinguen cada segundo. Salgo a la calle extasiado en tan pequeño fenómeno y mientras siento la llovizna mojar mi cara, sonrío. "Al son de Vivaldi", pensé. En eso interrumpe mi abstracción un vecino que pasaba apurado, con su comentario en tono fastidioso "je, lindo día no?", y yo sin siquiera molestarme en mirarlo, regresé a mi momento de éxtasis y me dije a mi mismo "no sólo lindo día... hermoso...." y seguí disfrutando.
Ro 12/06/2007
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