Color Poesía

por Rodrigo Ferreyra

Cuento breve: La pequeña puerta

La pequeña puerta

Una puerta.
Flota en el espacio, inherte, quieta. Es una puerta pequeña, casi como si fuera del país de los niños. Es una puerta blanca, y tiene un picaporte ovalado, de bronce pulido.

(¿Dónde conduce? ¿Qué hay del otro lado?)

Abro la puerta y salgo. Es que es una puerta rara. No se puede entrar por ella. Cada vez que uno intenta franquearla se halla saliendo. Es una puerta de una dimensión solamente, de un sólo sentido.
Me alejo de la puerta, retornando a mi rutina. Saco una galletita de mi bolsillo, la miro, y me quedo pensando...

(¿no era de chocolate?. Juraría que compré galletitas de chocolate... ¿habré salido a la misma realidad?)

Mientras comienzo a masticar el extraño sabor, recuerdo... nunca compré ninguna galletita.-

Fin

Pienso: Este otoño

Otoño...


Dice wikipedia: El otoño es una de las estaciones del año. Astronómicamente, comienza con el equinoccio de otoño (entre el 20 y el 21 de marzo en el hemisferio sur y entre el 22 y el 23 de septiembre en el hemisferio norte), y termina con el solsticio de invierno (alrededor del 21 de junio en el hemisferio sur y el 21 de diciembre en el hemisferio norte).
Sin embargo, a veces es considerado como los
meses enteros de marzo, abril y mayo en el hemisferio sur y septiembre, octubre y noviembre en el hemisferio norte.
En ambos hemisferios, el otoño es la estación de las cosechas de, por ejemplo, el maíz y el girasol. En literatura el otoño, en sentido figurado, representa la
vejez.
Durante el otoño, las hojas de los árboles caducos cambian y su color verde se vuelve amarillento y amarronado, hasta que se secan y caen ayudadas por el viento que sopla con mayor fuerza. La temperatura comienza a ser un poco fría.


Otoño y vejez: Qué tema no?.

Al parecer todos pasamos por las cuatro estaciones de la vida. Primavera hasta los 20, Verano hasta los 45, Otoño hasta los 70, luego el Invierno.
Fijate que hasta los bioritmos de estas estaciones coinciden con las edades. La primavera, el brote y el crecimiento veloz, el verano la época de los frutos, otoño la época de los frutos tardíos y la madurez, la desaceleración, y el invierno es la época de quedarse quietitos en casa, como cuando hace frío. Ya sé que hay ancianos que viven una vida activa, no estoy negando eso. Intento establecer un paralelo entre ambos elementos, las cuatro estaciones, y el ritmo biológico de las personas. Cada vez que veo una persona anciana pienso, esta persona está atravesando su invierno. Y como toda persona que transita el invierno, necesita abrigo, calor humano y companía. Quizás abandonar a un anciano en su soledad no difiera en mucho de dejarlo desnudo y sin abrigo en medio de la nieve. Morirá de a poco, y finalmente se quedará dormido.

Cuando miro a un anciano a los ojos, me retrotraigo imaginariamente a sus épocas de jóven. Imagino lo que daría por tener mi edad, lo que daría por volver a enamorarse por primera vez, a sentir que todo es una novedad. Luego regreso a mí y me digo: "la pucha, no estoy aprovechando mi vida lo suficiente, y se me vá!". Asi que me ato bien los cordones de los zapatos... y salgo a vivir.-


Cuento: La caída

Cabalgó leguas en su corcel cansado. Un pequeño dragón entrenado, parado sobre la hombrera de cuero de su amo. Ya no había rey. Eso era lo que en verdad importaba. Atravesó el claro de un bosque en las cercanías de Rivendell, tierra por excelencia, de lo elfos blancos. Divisó en el horizonte un oscuro atardecer, mientras aceleraba el paso. La noche traería consigo sus oportunidades. Lo importante, pensaba, era que ya no había rey.
Todo elfo oscuro que perteneciera al grupo de los asesinos, sabía a la perfección las artes del camuflaje, más aún en la noche. Frío, infinitamente astuto, y con una percepción asombrosa, se propuso hacer guarida con las sombras por cobijo. Tan negro como siniestro, el corcel se ocultó entre los arbustos y se hizo cenizas.
Oyó ruidos lejanos, y en un parpadeo, se ocultó en la espesura del bosque, donde la noche que ya estaba entrando, era absoluta.
Era un pequeño escuadrón de lanceros de los altos elfos, que marchaban a Ulthuan. Perdidos, atónitos por la batalla perdida, regresaban a casa con gran pesar.
Esperó en silencio, mientras avanzaban. Subió en el mas absoluto sigilo, para estimar cuántos eran. Contó 18 soldados. No eran demasiados. Esperó la oportunidad.
Soltó su dragón, quien sabía de memoria la maniobra de distracción a realizar. Sobrevoló la tropa y se arrojó en picada sobre ellos, volando entre las patas de sus caballos, los cuales comenzaron a saltar y relinchar nerviosos, haciendo caer a sus jinetes.
Entonces entró en acción. Se reveló en medio de ellos y un sólo sonido metálico detonaba letalmente en sus gargantas. Las dagas del asesino bailaron la danza macabra. Arrojó tres hacia a adelante con la mano derecha, con la izquierda tres mas, giró rápidamente esquivando dos lanzas, y exterminó a dos más. Cuando los sobrevivientes se abalanzaron sobre él, desapareció en la oscuridad, para inmediatemente aparecer detrás de ellos. Los caballos alborotaban la batalla, y al verse en peligro, intentaron huir. Hubo dagas certeras para ellos también. Sintió un golpe seco en su espalda, y al darse vuelta vió el rostro asombrado del elfo blanco que en vano había intentado atravezar su armadura de escamas con su débil lanza. Lo miró con frialdad. Giró y tomó la lanza con su mano. De un golpe la quebró con su puño y tomando el extremos de la misma, la clavó en el pecho de aquel infeliz, diciendo "ya no hay rey".
Un grito de furia se oyó a sus espaldas, mas el elfo oscuro no se inmutó. El último elfo en pié corría hacia él cegado por el odio con una lanza en sus manos. Miró de reojo, mas no se dió vuelta. Su dragón llegaría a tiempo. Y si no, su armadura lo resistiría. Jamás entendieron que una lanza no atraviesa una armadura de escamas. Pero insistirían siempre.
Pero el elfo blanco levanto su lanza al cuella del oscuro guerrero. Y él lo sabía. Pero no se movió. Siguió de espaldas a él, mirándolo de costado, desafiante, casi con una sonrisa macabra dibujada en su rostro. Cuando la lanza veloz estaba a un metro del asesino, simplemente giró, evitando el ataque. Una sombra negra cayó sobre el elfo blanco. El pequeño dragón clavó sus garras en el rostro del desdichado, mientras el asesino arrojó su última daga. Certero, eficiente. Silencioso.
Agonizante el elfo blanco lo reconoció.

-"pp... pppp... principe Eöl ...!"

El sonrió, y disfrutó el momento. Lo observó morir. El último de la corte de su padre había caído. Empezaría un nuevo imperio, sobre el que borraría con sangre, la historia antigua de Rivendell, y de aquel rey que había caído ante la oscuridad de sus armas. Su padre.

Observó el lugar, dejándolos a todos enterrándose rápidamente en el polvo que el viento nocturno removía con furia. Levantó su mano en dirección a las cenizas de su corcel, las cuales, haciendo un torbellino, reconstituyeron al oscuro animal, con ojos de fuego y piel de sombra.
Se subió a su fiel compañero y extendió su brazo derecho. El pequeño dragón de caza se posó en él. Sonrió mirando Rivendell y dijo:

-"Rivendell... pequeña Rivendel... ciudad que cambiará para siempre. Sueña sueños, Rivendel, pues no acabará esta noche, ni mañana habrá amanecer.Sabe, pequeña Rivendell que ahora sí hay rey... y marcha hacia tí."

Y dicho esto, emprendió la silenciosa marcha hacia su conquista.-

Ro

Poesía: Lagrimas Derramadas

Las lágrimas derramadas
que son sólo caminos,
hacia el presagio latente,
no vamos a ningún destino.
_
El infierno nos abate,
con demandas y castigos,
no nos suelta del oprobio,
ni otorga algún respiro.
_
El devenir de amaneceres,
que aceleran el partido,
ajedrez humano y animal,
sin final y sin sentido.
_
Se va la vida inexorable,
sin detenerse en su gemido,
no siento más que el silencio,
no escucho más que el olvido.
Ro 09-04-08

Poesía: Atardece en el valle

Las manos de rojo encendidas,
que se estiran esforzadas,
alamedas flamean hacia el cielo,
de otoño con ocre despintadas.

Sobre ellas ángeles de fuego,
surcan el cielo con desgano,
y lo tiñen todo de su aliento,
coloreando naranja mi manzano.

Atardece en quietud y respiro,
este fresco aire valletano,
esta especie de mar por techo,
con las aves libres navegando.

El sol que oculta su calvicie,
tras el horizonte, fascinado,
veo tanta belleza toda junta,
¡y la firma de Di-s bajo el cuadro!.

Ro 04/04/2008

Cuento: El Ciclo

por Rodrigo Ferreyra

El olor a encierro y madera vieja, se mezclaban con la humedad del ambiente. Había llovido toda la noche y el invierno amenazaba ser más crudo aun. No amanecía todavía, pero tampoco importaba demasiado, en días como este poco se nota la diferencia entre día y noche.

Se asomó a la ventana a mirar la calle, mientras desempañaba el vidrio con el codo y sorbía un poco de café caliente casi aguado y sin azúcar, que acostumbraba beber al levantarse. Miró la hora y apuró el café soportando la temperatura en su garganta. Dejó la taza y pensó en un itinerario adecuado al clima poco favorable que reinaba en el exterior del edificio.
Bajó apurado y casi sin dar respiro a su paso torpe y poco usualmente cadencioso. Miró el reloj nuevamente. Había pasado sólo un minuto, pero más que un hábito, ya era un impulso nervioso en él. Llegó a la puerta exterior del edificio, y al abrir se detuvo a observar la calle nuevamente. Había muy poca gente, casi nadie. Abrió el paraguas y cerrando las solapas de su sobretodo caminó decidido.
Una mano le tocó el hombro con desesperación y él, sobresaltado, se dió vuelta. La mano se escondió debajo de la oscura capa de lluvia de un anciano, al que solo los ojos podía distinguirse entre la oscuridad del callejón en que se encontraba y la tenue luz de la calle. -Disculpe. Dijo el anciano, con voz nerviosa.

-Qué quiere? Preguntó molesto.
-Qué hora tiene?
-5:58 AM
-Pero esa no puede ser la hora, exclamó el viejo. Hace tan sólo un rato eran casi las 3:30 de la mañana!.
-Esta confundido, dijo él aun más molesto y prosiguió su andar.
-Aguarde! Rogó desesperado el anciano.
-¿Ahora que quiere? Preguntó visiblemente enojado.
-Por favor, señor, fíjese bien la hora, es muy muy importante.

Miró el reloj y para su sorpresa, ahora marcaba las 3:40. Sorprendido y algo confuso, sacudió el reloj, y lo puso cerca de su oído. El sonido de las gotas de lluvia sobre el paraguas impedía oír el clásico tictac del mecanismo. Miró a aquel anciano, mojado y solitario y sintiendo compasión le dijo:

-mi reloj anda mal, lo siento, no puedo ayudarlo.
-no, mi amigo. replicó con cierta tristeza, no es su reloj, sino el tiempo el que se descompuso.
-vaya, pensò… son las 6 de la mañana, diluvia como si se terminase el mundo, tengo el reloj descompuesto, y un viejo loco enfrente para completar el cuadro, ¡vaya combinación!.
-No estoy loco si es lo que piensa, yo estoy en esta calle perdido, y no logro encontrar mi casa. No sé ni dónde estoy!
-Cuanto hace que se ha perdido?.
-Unos 40 años, respondió.
-Cuanto??
-40 Años, exactamente se cumplieron a las 3:15 AM de hoy.

Cuando ya estaba resuelto a ignorar y dejar al geronte en su locura y continuar su camino, se percató de que no recordaba hacia donde se dirigía antes, ni de donde venía. Se quedó parado con los ojos cerrados, apretando la frente con los dedos en un esfuezo mayor por recordar. Se sentía confuso. Al abrir los ojos, el anciano ya no estaba. Sólo había dejado su capa en el suelo, pero simplemente se había esfumado. Tomando la capa en sus manos, observò en todas las direcciones. Resignado se cubrió con ella, pensando que un día ese no se desperdicia tan útil elemento, que para colmo, era de su talla. Pero aún no recordaba nada, de tal manera era su olvido que le daba la sensación de que no hubiese ocurrido otra cosa antes que ese preciso momento. Miró el reloj asustado. Marcaba las 3:29. Un hombre con un paraguas negro y empapado se acercó apurado por la calle. Entonces se corrió para cruzarlo al paso, y le dijo:

-Disculpe
-Qué quiere? respondió el caminante.
-Qué hora tiene?
-5:58 AM
-Pero esa no puede ser la hora, dijo èl. Hace tan sólo un rato eran las casi las 3:30.
-Esta confundido, dijo el transeúnte mirándolo fijamente. El se percató de los hechos.

Confundido y resignado, comenzó su larga búsqueda. Mientras tanto, en lo alto de un edificio, un hombre se asomaba por la ventana empañada de su departamento, y con un café en la mano, observaba la calle, mientras soportaba el olor a encierro y madera vieja, que se mezclaban con la humedad del ambiente. Había llovido toda la noche y el invierno amenazaba ser más crudo aun...

FIN