Cabalgó leguas en su corcel cansado. Un pequeño dragón entrenado, parado sobre la hombrera de cuero de su amo. Ya no había rey. Eso era lo que en verdad importaba. Atravesó el claro de un bosque en las cercanías de Rivendell, tierra por excelencia, de lo elfos blancos. Divisó en el horizonte un oscuro atardecer, mientras aceleraba el paso. La noche traería consigo sus oportunidades. Lo importante, pensaba, era que ya no había rey.
Todo elfo oscuro que perteneciera al grupo de los asesinos, sabía a la perfección las artes del camuflaje, más aún en la noche. Frío, infinitamente astuto, y con una percepción asombrosa, se propuso hacer guarida con las sombras por cobijo. Tan negro como siniestro, el corcel se ocultó entre los arbustos y se hizo cenizas.
Oyó ruidos lejanos, y en un parpadeo, se ocultó en la espesura del bosque, donde la noche que ya estaba entrando, era absoluta.
Era un pequeño escuadrón de lanceros de los altos elfos, que marchaban a Ulthuan. Perdidos, atónitos por la batalla perdida, regresaban a casa con gran pesar.
Esperó en silencio, mientras avanzaban. Subió en el mas absoluto sigilo, para estimar cuántos eran. Contó 18 soldados. No eran demasiados. Esperó la oportunidad.
Soltó su dragón, quien sabía de memoria la maniobra de distracción a realizar. Sobrevoló la tropa y se arrojó en picada sobre ellos, volando entre las patas de sus caballos, los cuales comenzaron a saltar y relinchar nerviosos, haciendo caer a sus jinetes.
Entonces entró en acción. Se reveló en medio de ellos y un sólo sonido metálico detonaba letalmente en sus gargantas. Las dagas del asesino bailaron la danza macabra. Arrojó tres hacia a adelante con la mano derecha, con la izquierda tres mas, giró rápidamente esquivando dos lanzas, y exterminó a dos más. Cuando los sobrevivientes se abalanzaron sobre él, desapareció en la oscuridad, para inmediatemente aparecer detrás de ellos. Los caballos alborotaban la batalla, y al verse en peligro, intentaron huir. Hubo dagas certeras para ellos también. Sintió un golpe seco en su espalda, y al darse vuelta vió el rostro asombrado del elfo blanco que en vano había intentado atravezar su armadura de escamas con su débil lanza. Lo miró con frialdad. Giró y tomó la lanza con su mano. De un golpe la quebró con su puño y tomando el extremos de la misma, la clavó en el pecho de aquel infeliz, diciendo "ya no hay rey".
Un grito de furia se oyó a sus espaldas, mas el elfo oscuro no se inmutó. El último elfo en pié corría hacia él cegado por el odio con una lanza en sus manos. Miró de reojo, mas no se dió vuelta. Su dragón llegaría a tiempo. Y si no, su armadura lo resistiría. Jamás entendieron que una lanza no atraviesa una armadura de escamas. Pero insistirían siempre.
Pero el elfo blanco levanto su lanza al cuella del oscuro guerrero. Y él lo sabía. Pero no se movió. Siguió de espaldas a él, mirándolo de costado, desafiante, casi con una sonrisa macabra dibujada en su rostro. Cuando la lanza veloz estaba a un metro del asesino, simplemente giró, evitando el ataque. Una sombra negra cayó sobre el elfo blanco. El pequeño dragón clavó sus garras en el rostro del desdichado, mientras el asesino arrojó su última daga. Certero, eficiente. Silencioso.
Agonizante el elfo blanco lo reconoció.
-"pp... pppp... principe Eöl ...!"
El sonrió, y disfrutó el momento. Lo observó morir. El último de la corte de su padre había caído. Empezaría un nuevo imperio, sobre el que borraría con sangre, la historia antigua de Rivendell, y de aquel rey que había caído ante la oscuridad de sus armas. Su padre.
Observó el lugar, dejándolos a todos enterrándose rápidamente en el polvo que el viento nocturno removía con furia. Levantó su mano en dirección a las cenizas de su corcel, las cuales, haciendo un torbellino, reconstituyeron al oscuro animal, con ojos de fuego y piel de sombra.
Se subió a su fiel compañero y extendió su brazo derecho. El pequeño dragón de caza se posó en él. Sonrió mirando Rivendell y dijo:
-"Rivendell... pequeña Rivendel... ciudad que cambiará para siempre. Sueña sueños, Rivendel, pues no acabará esta noche, ni mañana habrá amanecer.Sabe, pequeña Rivendell que ahora sí hay rey... y marcha hacia tí."
Y dicho esto, emprendió la silenciosa marcha hacia su conquista.-
Ro
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